¡Muera la inteligencia!

¡MUERA LA INTELIGENCIA!
 
Salamanca, 12 de octubre [de 1936]
 
A media mañana no cabe un alma en el paraninfo de la universidad. Se va a conmemorar la Fiesta de la Raza. La noble sala presenta un animado aspecto, con los vivos colores de mucetas rojas, amarillas, azul celeste y azul oscuro de los profesores universitarios, que contrarstan con los vestidos de fiesta de las señoras, las camisas azules y los uniformes blancos de los falangistas, los uniformes verdes de los legionarios, los caqui de los soldados de tierra y los azul marino de los aviadores.
 
En la presidencia, en mesa corrida sobre el estrado, se acomoda doña Carmen Polo de Franco, don Miguel de Unamuno (el enteco rector magnífico que preside el acto en nombre de Franco), el cardenal Pla y Deniel, gordo y mofletudo, con su grueso anillo y su esclavina morada, y el general Millán Astray, descarnado, con su parche en el ojo, su horrible cicatriz en la cara y la manga vacía de su manquedad. Asisten, de público, otras autoridades de menor significación, y la inevitable cohorte de barandas y arrimados.
 
Don Miguel se sienta con un gesto serio. Como está en desacuerdo con casi todo lo que está ocurriendo en el país, ha decidido no hablar más de lo estrictamente necesario. Se limitará a conceder la palabra a los oradores previstos.
 
El viejo pensador lleva en el bolsillo, y le quema, la carta desesperada de la esposa de su amigo, el pastor protestante Atilano Coco, al que van a fusilar por masón (en efecto lo fusilarán el 8 de noviembre).
 
Uno de los oradores, Francisco Maldonado de Guevara, pronuncia una especie de mitin en el que denuncia a Madrid, Barcelona y Bilbao como vértices de la anti-España roja opresora de la parte sana del país. Unamuno, nervioso, crecientemente indignado por lo que oye, saca la carta de la mujer de Atilano y anota en el sobre los conceptos más peregrinos que el orador expresa.
 
-¡No aguanto más!-se le oye rezongar-. ¡No quiero aguantar más! ¡Esto es una verguenza!
 
Cuando termina el turno de los oradores, el rector de Salamanca se yergue flaco, quijotesco y un punto tembloroso. Pasea su mirada de águila miope por el auditorio.
 
                                    

 

Miguel de Unamuno

 
-Dije que no quería hablar porque me conozco -advierte, en medio del impresionante silencio-. Pero se me ha tirado de la lengua y debo intervenir. Se ha hablado aquí de guerra internacional en defensa de la civilización cristiana; yo mismo lo hice otras veces. Pero no, la nuestra es sólo una guerra incivil. (…) Vencer no es convencer, y hay que convencer, sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar a la compasión; el odio a la inteligencia que es crítica y diferenciadora, inquisitiva, mas no de inquisición.
 
"Se ha hablado también de catalanes y vascos, llamándolos la anti-España; pues bien, por la misma razón pueden ellos decir otro tanto. Y aquí el señor obispo, catalán, para enseñaros la doctrina cristiana que no queréis conocer, y yo soy vasco, llevo toda la vida enseñándoos la lengua española, que no sabéis. Ése sí es un Imperio, el de la lengua española, y no…".
 
En este punto, el general Millán Astray suelta un bufido, da un puñetazo sobre el tablero de la mesa y se levanta gritando:
 
-¡¿Puedo hablar?! ¡¿Puedo hablar?!
 
                                
 
         José Millán Astray                                                           José Millán Astray
 
 
Uno de los legionarios de escolta apresta su fusil ametrallador. Entre el público alguien grita la divisa de la Legión: "¡Viva la Muerte!". Los espectadores, acojonados, se hunden en sus asientos. Millán Astray toma la palabra que nadie le ha otorgado:
 
-¡Cataluña y el País Vasco, el País Vasco y Cataluña son dos cánceres en el cuerpo de la nación! El fascismo, remedio de España, viene a exterminarlos, cortando en carne viva y sana como un frío bisturí. La carne sana es la tierra; la enferma su gente. ¡El fascismo y el ejército arrancarán a la gente para restaurar en la tierra el sagrado reino nacional…!
 
El general legionario, repetidamente remendado, prosigue su parlamento con voz atropellada que espurrea saliva. Alude a los valientes moros que lo mutilaron, pero que hoy merecen su gratitud porque combaten como moros españoles. Se atropella al hablar, pierde el resuello.
 
El público prorrumpe en vivas a Franco, a España y al ejército. Unamuno adelanta la mano en solicitud de palabra. Se hace el silencio. El rector, con voz firme, explica su postura:
 
-A veces callar significa mentir; porque el silencio puede interpretarse como aquiescencia (…) Quisiera comentar el discurso, por llamarlo de algún modo de Millán Astray (…) Dejemos aparte el insulto personal que supone la repentina explosión de ofensas contra vascos y catalanes (…) Acabo de oír el grito necrófilo e insensato de "¡Viva la Muerte!". Esto me suena lo mismo que ¡muera la vida! Esta ridícula paradoja me parece repelente. Puesto que fue proclamada en homenaje al último orador entiendo que fue dirigida a él, si bien de una forma excesiva y tortuosa, como testimonio de que él mismo es un símbolo de la muerte. ¡Y no otra cosa! El general Millán Astray es un inválido. No es preciso decirlo en tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero los extremos no sirven como norma (…) Un inválido que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, que era un hombre, no un superhombre, viril y completo a pesar de sus mutilaciones, un inválido como dije, que carezca de esa superioridad del espíritu, suele sentirse aliviado viendo cómo aumenta el número de mutilados alrededor de él.
 
"El general Millán Astray no es uno de los espíritus selectos (..) El general Millán Astray quisiera crear una España nueva, creación negativa, sin duda, según su propia imagen. Y por ello desearía ver España mutilada, como inconscientemente lo dio a entender…"
 
Millán Astray, que se ha mantenido erguido, en posición de firmes, lanzando la mirada asesina de su único ojo al filósofo, no puede contenerse más y grita:
 
-¡Muera la inteligencia! 
 
Acude al quite, con la pomada, José María Pemán, el fino escritor gaditano arrimado al séquito de Franco:
 
-¡No! -exclama conciliador- ¡Viva la inteligencia! ¡Mueran los malos intelectuales!
 
Sobre el murmullo de la sala truena nuevamente la voz apocalíptica de Unamuno:
 
-¡Éste es el templo de la inteligencia y yo soy su sumo sacerdote! Vosotros estáis profanando su sagrado recinto (…) ¡Venceréis, pero no convenceréis! Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil pediros que penséis en España. He dicho.
 
En el salón la gente se ha levantado. Se escuchan voces indignadas contra Unamuno. Llueven los insultos. Un tumulto de puños amenazadores se levanta hacia el filósofo. Esteban Madruga toma a Unamuno de un brazo e indica a doña Carmen Polo, que ha asistido al rifirrafe pálida y hierática, que le tome por el otro. El obispo los acompaña con gesto de comparsa. Al salir, Unamuno tropieza y doña Carman Polo lo sostiene.
 
-¡Déle usted el brazo a la señora! -le grita Millán Astray.
 
 
 
 
Salida de Unamuno del paraninfo de la Universidad de Salamanca
 
 
 
En el pasillo doña Carmen suelta el brazo de Unamuno y se retrae discretamente del tumulto.
 
Juan Crespo, afiliado al partido monárquico, acompaña al rector a su casa. A partir de este momento, Unamuno estará vigilado por un policía de paisano que seguirá sus pasos en sus raras salidas. Prácticamente es un arresto domiciliario. 
 
                       JUAN ESLAVA GALÁN
 
 
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5 respuestas a ¡Muera la inteligencia!

  1. Joaquín dijo:

    Es un extracto de "Una historia de la Guerra Civil que no le va a gustar a nadie", de Juan Eslava Galán, libro muy interesante para entender la Guerra Civil. Éste es uno de los muchos grandes fragmentos del libro.

  2. Javier dijo:

    Me ha parecido un relato magnífico, aunque imaginándome la situación, en el momento de los "vivas", a mi, hasta me resultaría cómico. Es una pena lo que ocurrió en este país por culpa de 4 idiotas. Dos cosas, lo de sumo sacerote es de frikazo máximo, y Astray, que nunca había visto una foto suya, es el malo prototípico de cualquier peli que se precie.

  3. Viriato dijo:

     
          Estoy con Sustis en lo de Millán Astray: es el típico malo-malo. En cuanto a lo que dijo Unamuno sobre que era el sumo sacerdote del templo de la inteligencia en Salamanca, mola. Se nota que Unamuno (al que conoció mi abuelo, por si no lo sabíais) se había cansado de escuchar tonterías que le ofendían e intentó hacer valer su autoridad. Por supuesto, eran otros tiempos. No creo que hoy en día las universidades sean templos de la inteligencia porque, sencillamente, no creo que los haya (ni que haya ningún problema porque no los haya). En cuanto a lo de que la guerra civil fuera culpa de cuatro idiotas, discrepo: opino que en aquella época, tanto en España como en Europa, y por diversas razones, el ambiente se fue enrareciendo hasta hacerse irrespirable. La gente enloqueció, perdió los nervios, se sumió en la desesperación y explotó. Todo el mundo fue víctima de sus miedos y de un entorno apasionado y dionisíaco. Y no creo que fuera una mayoría, pero sí fue, muy seguramente, una minoría muy importante. Además, como bien dice Nulo en su artículo para la revista, las decisiones de un grupo no siempre tienen que ver con lo que prefiere la mayoría, sino con lo que una mayoría está dispuesta a aceptar como segunda o tercera opción. En el caso del 36, muchos querían eliminar al contrario y muchos otros sólo dijeron "sea".
     

  4. Alfredo dijo:

    A mí lo que me da  más miedo son la gente que les sigue, por cobardía, idiotez o codicia la mayoría de ellos. Las pesadillas se hacen realidad or la masa social que las respLda. Hitler nunca hubiera existido sin la complacencia o inacción de su pueblo; y lo mismo para cada monstruo de la historia. 

  5. Joaquín dijo:

    Estoy vosotros, chicos, en que Millán Astray tiene una pinta bastante siniestra. Y tiene razón Alfredo que lo que más da miedo es la gente que sigue a "esos cuatro idiotas" que decías, Javi. Sin ellos, muchas cosas no habrían pasado. Porque, ¿cuántos Hitlers (por poner un ejemplo) existen en potencia hoy en día y porque su campo de acción es muy limitado no se hacen notar? Claro está, que siempre es más llamativo cuando se trata del líder de una nación, pero que ellos sean los que han trascendido, no significa que ellos sean los únicos.

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