Noche en Santiago

¿Qué puede hacer que cinco personas estuviésemos en una esquina de la plaza del Obradoiro ajenas al mundo, mientras el resto se divertía en una terraza? ¿Quiénes eran estas cinco personas? Una de ellas era yo, y las otras cuatro, cuatro de mis mejores amigos: Rubén, Viri, Nulo y Santiprego. Pero vayamos por partes, para explicar cómo una noche que empieza en el Baile del colegio puede tener tan extraña parada.
 
Una vez que el Baile exhaló su último aliento, y los últimos rezagados lo abandonasen, salí. Estaba cansado, pero no era un cansancio físico, como el que tienes cuando la noche acaba y te duelen los pies. O esa sensación en la garganta al día siguiente que no es una afonía, pero que no te deja hablar normal. O las mucosas secas del día después; esto es los labios secos y los ojos -la conjuntiva- irritados y secos, con un brillo especial. Pero el mío no era ese tipo de cansancio. Era de otro tipo. Sería más del tipo de una rabia interna, contenida, en lo más profundo de mí. No sé lo que la provocó o despertó. Si los desperfectos en el baile (que pensándolo bien, hemos vivido cosas peores), que si la sensación de que lo que haces le importa un pito a la gente o si era un odio porque sí a la gente. Aunque en su momento lo dije, creo que no era un odio a la gente. Eso es algo demasiado profundo y estúpido para un momento como ése. Tampoco lo provocó una mujer, como se podría pensar. No lo sé. Además el ambiente no lo propiciaba. Un sociópata que odia salir; a uno que le habían roto la puerta a patadas; un borracho perpetuo. Sólo una poca gente me animaba para salir: Martha, una chica que probablemnete sea de las mejores personas que he conocido, y esto no lo digo gratuitamente. Cuando hablo de ella no puedo dejar de pensar cosas buenas. Es de una ingenuidad y sencillez que roza la ¿genialidad?. Nunca te dirá una mala palabra.
 
Estaba yo sumido en mis ideas, cuando ella, se me acercó preguntándome por el Retablo. Y parece una tontería, pero me hizo volver. Hay gente que es capaz de animar e infundir tranquilidad allí donde estén. Y puede que ella sea de esa clase. No lo sé. Le dije cómo llegar (¡qué bien conozco esa ruta de mis primeros años en Santiago y dónde queda la gente de esa época!) y me ofrecí a acompañarla. Ella se negó con amabilidad. Hablamos poco más, de la gente con la que había quedado y de alguna fruslería más. Pregunté para informarme, pero prefería a mi compañía. Además mis amigos de Coruña, Esti, Pablo y Adrián, estaban con los del colegio y no podía dejarlos.
 
Después de que el borracho que nos acompañaba, el siempre alcoholizado Fuciños hiciera de las suyas al intentar lenvantar a Luisa, fuimos al Entreportas una terraza en un patio de la ciudad vieja. Allí estaba medio colegio y más gente de la que desease ver. Junto a vetados, excolegiales e invitados, habí un gran número de colegiales, todos ellos confraternizando. ¡Hasta qué punto diluye el alcohol las fisuras! Era un grupo varipinto, pero no los describiré uno a uno, porque no tendría sentido. Sería estúpido y largo, aparte de que no aportaría nada. Lo importante es que mucha gente y muy distinta estaba junta en el mismo sitio. Juntos pero sin mezclarse, aunque algunos fluctuásemos por los distintos grupos. Tras resaludar a éste y a aquella, pedía con Adrián un cubata, porque estaban de oferta, un dos por uno. No sé quién me lo dijo. Creo que Pablo o Esti o Adriana, la simpática hermana de Caye. El caso es que tenía una copa en mis manos. Y ya empezaba a tener sed. Aunque no hables, pero si piensas muchas cosas, es qcómo si lo hicieras. Y tienes sed igual. Con o sin dos por uno, hubiera pedido la copa. La necesitaba. Pero no por los motivos que tendrían otros de los que estaban allí. Yo tenía sed.
 
El resto del tiempo en la terraza, me es borroso. Y no por el alcohol, sino porque me estaba aburriendo. Supongo que la Gata se me acercó, porque tengo la imagen de ella sentada saludándome, para decirme que no la llamase Gata, sino María. Odia lo de Gata. ¡Con qué facilidad te habla gente con la que nunca hablas! Quizá por eso me gusta la noche. Porque nunca sabes a quien vas a ver. Después cogí a Nulo, o más bien, él me cogió a mí, y nos acordamos de Viriato, Olmo y Santi. Bajamos a Cervantes y llamé a Rubén para ver dónde estaban. A nuestro lado estabn las nuevas parejas del baile. Todo un espéctaculo: Rubén insistiendo en que nos lo pasaríamos mejor con los del colegio que con ellos y yo diciéndole que no, que se lo aseguraba. Cuando le pregunté que dónde estaban me sorprendí. Le dije a Nulo que íbamos al Obradoiro.
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2 respuestas a Noche en Santiago

  1. Alfredo dijo:

    No entiendo muy bien lo que quieres decir. ¿Me falta contexto?

  2. Joaquín dijo:

    Probablemente sí que falta contexto. De hecho lo escribí tan rápido, que puede parecer un poco inconexo en algunos momentos. Sólo quería contar cómo fue la noche del 2º Baile (o una pequeñísima parte de ella). Y me consta que no es muy claro, sobre todo para alguien que no estuvo alli, como te pasa a ti, Puy. De todos modos, es como una especie de torbellino de ideas, aunque en este caso el torbellino parece que me ha arrastrado a aguas demasiado turbulentas.
     

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