ERRAR ERRANDO

 
 
 
Había una vez un hombre que siempre miraba con asombro a los demás, por la facilidad con que otros tenían todo de lo que él carecía. Y eso le entristecía. Pero apesar de ello, se empeñaba en ayudarles, sobre todo en un campo en el que sufría especialmente: el amor.
 
¿A qué se dedicaba, os preguntaréis? Pues, como su sabiduría era proverbial, gente de lejanas tierras venía a pedirle consejo y su especialidad era el amor. Se decía que no había nadie que conociese mejor sus entresijos, y que era tal su conocimiento, que podía emparejar a una novicia con un libertino, y hacer que su unión se mentuviese en el tiempo. Pero eso no lo hacía feliz, porque él no conocía el amor. Para él era una herramienta de trabajo, un utensilio frío que sólo valía para moldear a los demás. Se decía que conocía a la perfección el amor, como si fueran amigos. Pero eso no era cierto, para él era sólo un viejo amigo, que no tenía nada más que decirle. Pero en realidad nunca habían hablado, no se conocían. Eran como los trabajadores de una misma empresa, que día tras día se sentaban uno enfrente al otro, pero serían incapaces de reconocerse en la calle. Y eso le hacía sentirse triste.
 
Además él estaba solo. ¿Por qué él, si supuestamente dominaba todos los entresijos del amor estaba solo? La gente lo veía como humildad. Él, el todopoderoso, no buscaba unirse a nadie, porque todos eran inferiores a él. Y el estar a su lado les haría sentirse más ridículos e insignificantes. Pero él sabía (o creía saber) que estaba solo porque en realidad no era bueno. Todo era fruto del azar. Tampoco había unido a tantas parejas, ni ayudado a tanta gente. Simplemente se guiaba por el sentido común. Pero se veía incapaz de aplicarlo consigo mismo. Y eso le hacía sentirse triste.
 
Tan triste, que empezó a codiciar lo ajeno. No sólo lo material, sino también sus vidas. Y un día no pudo más. Ella era delgada, de pelo castaño, largo y de bellos ojos azules. ¡Cómo envidiaba a su marido! Si alguien pudiese leer su mente, sólo vería envidia y odio en ella. Y decidió hacerlo. El marido siempre hacía el mismo recorrido para ir a su trabajo, y él lo estaría esperando tras una esquina.
 
Sólo dos puñaladas bastaron para silenciar al marido. Ella era libre. Pero eso no dejó de hacerle sentir triste. A la mañana siguiente el pueblo se levantó escandalizado porque se había producido un asesinato a primera hora. No era un asesinato. Ese hombre había sido ajusticiado. Pegaba su mujer todos los días, y estafaba a los desvalidos. Todos lo sabían, pero no se travían a hacerle frente. Mientras tanto, nuestro hombre corre bañado en sangre, presuroso, junto a su amada. Ella lo recibe horrorizada al ver la sangre, y al saber que es de su marido, rompe a llorar y abraza a su liberador. Él está más triste. No puede ser amado por alguien que te ve como un liberador. Él bien conoce eso, se lo dice su sentido común. Nunca sale bien. Por eso está más triste.
 
La noticia se corrió por todo el reino, sobrepasando las fronteras. No sólo ayuda a la gente dando consejo, sino que además imparte justicia con severidad. Sin duda ha de ser un personaje celestial, creen. Él no aguanta más. No tiene ninguna habilidad especial, sólo intuición, cosa que les falta a la mitad de los de estas tierras. Y el no imparte justicia, simplemente mata para lograr un objetivo. Y decide que en esta situación y con estas gentes tan faltas de luces no merece la pena vivir. Y se marcha al desierto.
 
-Errar errando.
-¿Qué?
 
En un oasis, se encuentro a un viejo asceta, que le repite:
 
-Errar errando.
 
Él no le entiende y se apresura a continuar su marcha cuando el viejo prosigue:
 
-Me refiero a que te equivocas yéndote del pueblo. Cierto es que para ti, tu vida no tenía sentido entre esas paredes, pero para el pueblo sí que lo tenía. Mataste y fue malinterpretado. La gente se fijó en el hecho, porque era bello, a pesar de que lo llevase a cabo el mismo diablo. Por eso los hechos ocultan a las personas. Cuando desaparezcas (que para muchos ya lo has hecho), ¿qué te quedará? Sólo los hechos. La gente olvida caracteres, puesto que mutan con facilidad, pero con acciones se ganan espíritus. Tú lo hiciste, y despreciaste ese poder. Por eso te equivocas yéndote fuera del pueblo, porque allí tenías un hueco, a pesar de que no lo vieses. Y ahora no tienes nada.
 
El hombre se dió cuenta de lo que era estar triste de verdad.  
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2 respuestas a ERRAR ERRANDO

  1. Adrián dijo:

    Muy buena la historia (o debería decir la fábula). La verdad, sí que es algo triste no tener algo que ayudas a los demás a conseguir. Aunque sea por miedo, cobardía o simplemente pereza, el no tener ese algo hace a uno sufrir. Desgraciadamente, cuando uno se da cuenta e intenta remediarlo, la solución suele ser precipitada y errónea, y puede hacer perder lo poco que se tenía antes. Pero en fin, lo mejor es (creo yo) valorar lo que se tiene y lo que se puede perder, cuidando que nuestros actos no sean malinterpretados. Ese "viejo amigo" siempre estará ahí, se quiera o no, tanto para lo bueno como para lo malo.
    He dicho
     

  2. Joaquín dijo:

    A la vista de esta historia (o fábula como la ha llamado Gandolfo), ¿creéis que se puede justificar alguien monstruoso, a pesar de que su obra sea maravillosa?
     
    P.D.: Pensad en El perfume, en la escena de antes de la orgía, como una multitud que lo odia por lo que ha hecho, pero ser quedan embobados por su obra, olvidando al monstruo que la ha engendrado.

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